El Heraldo
A través del universo. Pozos de tristeza, olas de alegría
El pasado siempre está presente. Puede ser un recuerdo placentero, una pena reiterada, una inquietud permanente o una incógnita. Puede ser melancolía o turbación. Nostalgia o pesadumbre. En algunos casos, intentar evadirse del pasado puede ser un recurso de supervivencia. En otros, procurar encontrar respuestas, un intento imprescindible.En Argentina, el pasado adquiere ribetes de supina significación. Oscuros tiempos han generados disimulos, ocultamientos, inquietudes, dudas. El escamoteo de información, la prestidigitación respecto a la realidad tergiversa el contacto con el pasado y propicia la instalación del negacionismo.La literatura ha hecho mucho por descorrer el siniestro velo de los dramáticos y terroríficos hechos de la década del ´70. El ensayo, la ficción y, en valiosos casos, la poesía ha permitido exponer con la crudeza, la insensatez, la complicidad y la indiferencia al calvario que miles de compatriotas se vieron sometidos. Algunos por compromiso ideológico, otros por amistad, cercanía o pávida sospecha. En virtud de testimonios directos y/o conocidos de diversa manera, volcados en relatos de vivencias o en obras de ficción, se ha ido configurando una importante colección de libros sobre esa temática. Por otra parte, ensayos han sostenido la estructura doctrinaria judicial que, en función de los juicios de lesa humanidad, definió a la justicia argentina como emblema de consolidación de los derechos humanos.“El estado terrorista argentino” de Eduardo Luis Duhalde, los cinco tomos de “La voluntad” de Martín Caparros y Eduardo Anguita, “El vuelo” de Horacio Verbitsky, “Dos veces junio” de Martin Kohan, “Putas y guerrilleras” de Miriam Lewim y Olga Wornat, “El fin de la historia” de Liliana Heker y el propio “Nunca más” de la Conadep, entre otros, en años anteriores y más recientemente “Si lo contas, te mato” de Guillermo Sammartino, “Anatomía de una mentira” de Hernán Confino y Rodrigo González Tizón”, “76” de Felipe Pigna y “La llamada” de Leila Guerriero son algunos de los numerosos libros que se han publicado vinculados con la última dictadura.Julia Coria nació en Adrogué en 1976. Cuando tenía dos meses fue secuestrada junto a sus padres, militantes montoneros, Ricardo Julio y Ester. Ellos están desaparecidos y Julia fue criada por sus abuelos maternos. Es escritora y socióloga, especializada en la sociología de la educación. Licenciada de la UBA, Magister de la Universidad de San Andrés y becaria doctoral del CONICET. Dicta talleres de escritura creativa y académica para adolescentes, docentes y personas interesadas en la creación literaria. Se había acercado al dolor en primera persona con “Todo nos hace bien”, libro publicado en 2019 en el cual relata, con carácter autobiográfico, la enfermedad de Fabián, su admirado esposo y padre de sus dos hijos, compañero de viajes al que en 2016 se le diagnostica cáncer de esófago y con la entereza de quien debe afrontar la aspereza de un final inevitable escribe con la tenacidad de quien conoce la adversidad. El terremoto que significó saber que un ser querido está sometido a una enfermedad aciaga no fue óbice para Julia y adoptó, fiel a su fortaleza, manejar la circunstancia con el horizonte de la realidad. Y lo volcó al libro. “Tengo dominio de lo que está bueno que te digan, porque sé lo que me hubiese venido bien a mí. Una familia con un enfermo de cáncer necesita eso, realidad, no que le sugieran tomar Espirulina o pasarte aloe vera. Si alguien tiene metástasis en todo el cuerpo, no le digas que con un licuado o con reiki se salva”, dijo en un reportaje.Con “El ombligo del mundo: Notas para escribir autoficción” afirma que “la realidad es soluble en la ficción o viceversa, la ficción es soluble en la realidad” y en ese ensayo esboza su idea respecto a la literatura del yo. “La primera es que quien narra, quien protagoniza y quien escribe son la misma persona”, afirma. Elementos para pensar la escritura, añade.En su último libro, “A través del universo” (título tomado de un tema de los Beatles), Julia Coria arriesga una ficción iniciada a partir de algunos hechos reales que se enlazan con su propia vida. Unas cartas que, firmando Estercita, su madre remitía a su tía Gloria, que estaba viviendo en los Estados Unidos, durante los años 1971 a 1976, “contándole los chimentos familiares, pero también las peripecias en la facultad”, son transcriptas entera y fielmente para presentar a su madre, cuando todavía no era su madre y antes que fuera secuestrada y desaparecida en una historia que presenta un cuadro de época absolutamente genuino y veraz.El centro del relato es una fiesta (ficticia) que se estaba organizando en un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires, en febrero de 1977, para recibir la visita del dictador Videla, que en esos años ejercía fácticamente la presidencia de la nación. En ese pueblo, que la autora denomina “Pueblo Chico” el intendente Giménez Cuevas recurre a unas monjas de clausura del convento para que colaboren con la elaboración de alfajores para el evento, el cual se considera será multitudinario en función de la participación de los habitantes del pueblo y los turistas que, interesados de la presencia de Videla, concurrirán al festejo.El intendente y Juarroz, el dueño de la fábrica de alfajores, consideraban necesaria la participación de las monjas, no solo por la demanda previsible sino también porque nueve obreros de la fábrica se habían ausentado sin que se sepa “las razones”. En sus cartas, Estercita, que vive en Adrogué y es alumna de Filosofía y Letras, va adoptando en el transcurso de los años una posición acorde a los tiempos, desde una prescindencia respecto a los hechos sociales y políticos a involucrarse activamente con la realidad. Por otra parte, una serie de personajes, la niña “huérfana” Paula Campano, que habían llevado a vivir al convento junto a las hermanas Herminia, Flora Leonina, Lucy y la madre superiora y las otras monjas, ya que no se sabe nada de sus padres, su casa está todo revuelta y hay una orden que nadie debe entrar. Mandato que “Pichón” y otros dos chicos desobedecen para internarse en la casa y encontrar, entre otras cosas, un disco de los Beatles. Están, entre otros personajes Jorge, coordinador de Jornadas (grupo de encuentros religiosos) que pasa de ser admirado a odiado. Milagros, una joven que está buscando sus padres. Una serie de descubrimientos van dando lugar a las explicaciones que permiten comprender la integridad de la historia.En capítulos breves e interesantes con continuas elipsis, Julia Coria va integrando las historias que se van combinando y estableciendo un veraz cuadro de situación y una radiografía histórica. La prosa que no esconde suspenso y un misterio que se va descubriendo en intensos párrafos de notable atractivo hacen de este libro un reflejo de época y un disfrute constante. Si bien el título del libro adquiere una referencia hacia el final del relato, es posible adoptar una estrofa de la letra del tema de los Beatles para identificar los vicisitudes que los personajes principales tienen en la historia en virtud de sus padecimientos y encuentros “pozos de tristeza, olas de alegría/flotan a través de mi mente abierta/poseyéndome y acariciándome”.
Publicado hace 23 minutos